Bitácora del silencio
El pasaje de los atorados.
No es simplemente “hablar mucho” o “no callarse a tiempo”, son las formas muy propias (y a veces protectoras) de habitar el mundo, los vínculos y el deseo.
¿Qué hay detrás de “subirse al escenario”?
Cuando nos se subimos al escenario (como dice mi analista), probablemente estamos:
buscando un lugar en la escena simbólica (ser mirados, reconocidos, escuchados),
llenando silencios que podrían ser incómodos o ansiosos,
evitando conectar con las propias inseguridades o vulnerabilidades,
queriendo ser útiles, demostrar algo, vincularnos desde la palabra y la vivacidad.
Todo eso puede tener raíces muy profundas, incluso infantiles, ligadas a la falta de lugar, al deseo de “existir” para el Otro, de ser los que sostienen, los que entretienen, los que no se callan porque si se callan desaparecen.
¿Y qué pasa después?
Vergüenza. Esa que aparece cuando el cuerpo “baja” del escenario y se da cuenta de que fue más allá de lo necesario.
Culpa. Porque sabemos que hubo un exceso y, en el fondo, no queremos invadir.
Confusión. Porque en el momento no podemos parar, no nos damos cuenta.
Ok pero, ¿Cómo arrancamos a trabajar esto?
Si bien no hay una receta mágica ni de supermercado para dejar de cagarla y atorarnos. Acá nos dejo algunos salvavidas:
1. Nombrar el impulso con una imagen
Yo ya tengo la imagen del escenario, que es muy potente y la uso como señal interna:
“Estoy sintiendo que me subo al escenario…”
Esa frase interna me sirve como freno. No para reprimirme, sino para empezar a observarme en el momento mismo del exceso.
¿Qué imagen te representa a vos cuando te estás excediendo?
2. Practicar el silencio como acto
El silencio no tiene que ser castigo, ni símbolo de desaparición. Puede ser una forma de habitar con humildad, con escucha. Por eso les propongo elegir una o dos situaciones por semana donde intencionalmente se practique no hablar. Mis ejemplos:
en la próxima clase de muay thai, escucho más de lo que debo de hablar,
en una conversación con alguien, aguanto 3 segundos más antes de intervenir.
3. Reparar sin autoflagelarse
Ante la oportunidad de que alguien nos marque un límite con respeto, hay que poder registrarlo diciéndose a uno mismo:
“No estuvo bien, pero lo estoy viendo. Estoy aprendiendo.”
Podemos incluso, si nos nace, pedir disculpas a esa persona o simplemente ser más medidos la próxima vez. No hace falta cargar con un cartel de “lo hice mal” y latiguearse con eso.
4. Llevar este tema a análisis
Tal vez ya lo hayas mencionado pero te cuento que cada nueva experiencia es material riquísimo para llevar a diván. Porque en la repetición siempre hay algo nuevo. Porque no es solo hablar mucho. Es el lugar que ocupamos en la escena, el deseo de aparecer, la necesidad de estar en vínculo. Y eso es trabajable.
Y lo más importante:
Esto no define quiénes somos. Somos mucho más que la impulsividad. Somos sensibles, reflexivos, personas con ganas de hacerlo mejor. Somos quienes desean encontrarse con otres desde un lugar más auténtico. Y eso, ya es una forma de empezar a habitarse de otra manera.
Yo ya empecé con mi Bitácora de Silencios. Es mi registro y reflexiones de situaciones diarias. Espero que puedas entrar la tuya.


